dimarts, 12 de març de 2013

También los adultos deben conocer sus límites a la hora de educar y relacionarse con la infancia.


Evânia Reichert es escritora, periodista y profesora del Programa SAT, creado por Claudio Naranjo. Se declara de izquierdas y ecologista pero está convencida de que la auténtica revolución empieza por educar bien y que la inteligencia no depende tanto del adn como de los besos y abrazos que recibimos en la infancia -y también a lo largo de la vida. Lo explica en detalle en su libro “Infancia, la edad sagrada”, de Ediciones La Llave.

 

¿Cómo influye en la construcción del cerebro el afecto que se recibe en la primera infancia?

Aunque la investigación que llevo a cabo sobre el desarrollo del niño es esencialmente interdisciplinar, creo que también es importante poner de relieve este tipo de información. Sobre todo porque la neurociencia aporta una contribución muy concreta, comprensible para cualquier persona, y también para satisfacer a los que necesitan "evidencias científicas" para entender la urgencia de la prevención biopsicológica, el binomio salud-educación y la interacción entre el cuerpo, la psique y el ambiente.

El contacto corporal afectivo genera bienestar y esa sensación agradable libera una hormona que estimula la sinapsis, las conexiones entre las neuronas y la formación de redes neuronales, promoviendo aún más el desarrollo temprano del cerebro. Del mismo modo, también la hormona del estrés, el cortisol, puede ser crucial para la promoción de la poda de las sinapsis, causando déficit en el desarrollo y las matrices de la depresión y la ansiedad, algo que puede marcar negativamente la constitución psíquica de una persona. En las últimas décadas, la neurociencia ha demostrado con pruebas de tecnología punta la relación directa entre el afecto, el desarrollo temprano del cerebro, el estrés y la depresión. Pero nada de esto es nuevo. De hecho, el psicoanálisis y sus herederos siempre hablaron de todo esto, en el campo de la subjetividad. Lo importante es que hoy en día tenemos más evidencia de que en los primeros años de vida la maduración biopsicológica, alimentada por el afecto, da lugar a virtudes como la capacidad afectiva y el sentido humanista, el reconocimiento mutuo y la alegría. Estas contribuciones abren, aún más, nuevas vías para el trabajo de prevención de los trastornos biopsicológicos, incluso entre personas que no tienen en cuenta la subjetividad de los niños como un tema importante. Desde el año 2000, la Organización Mundial de la Salud ha insistido en la urgencia de la prevención en la infancia como una manera de hacer frente al crecimiento de la depresión y la hiperactividad en la infancia, la adolescencia y la vida adulta.

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